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Infancia y juventud imponen grandes desafíos para enfrentar la desigualdad

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La clase social o estrato socioeconómico es el primer determinante de la desigualdad en nuestra región, pero no es el único. Las desigualdades de género, étnico-raciales, las relacionadas con las diferentes etapas del ciclo de vida y las territoriales también hacen parte de los factores que llevan a la desigualdad.

Esa es la gran conclusión de ‘La matriz de la desigualdad social en América Latina’, presenta hace pocos días en la Primera Reunión de la Mesa Directiva de la Conferencia Regional sobre Desarrollo Social de América Latina y el Caribe, organizada por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y realizada en República Dominicana. El documento fue elaborado con el fin de contribuir a la comprensión de la desigualdad social y a la reflexión sobre este tema.

Uno de los análisis del documento es abordado desde las desigualdades a lo largo del ciclo de vida: la infancia, la juventud, la adultez y la vejez, etapas en las cuales se tienen desafíos, oportunidades y riesgos.

En el caso de la infancia, la vulneración de los derechos puede tener efectos profundos y perdurables para el bienestar y para las futuras posibilidades de desarrollo. “La especial vulnerabilidad de niños, niñas y adolescentes se debe a diversos factores, entre ellos su alto nivel de dependencia de otros (en particular de sus familias) a la hora de asegurar su bienestar y su nivel de desarrollo físico, intelectual y emocional. Esa vulnerabilidad también está vinculada a su invisibilidad como sujetos de derechos y como actores políticos”, dice el documento.

Una de las razones por las cuales los niños, las niñas y los adolescentes están en desventaja es el aumento de hogares con una mujer como cabeza de familia, hogares que tienen más probabilidad de estar en situación de pobreza por la dificultad de la mujer de vincularse laboralmente.

“Las políticas centradas en el bienestar de las niñas y los niños deben actuar sobre las desigualdades concomitantes de esta etapa del ciclo de vida. Asimismo, deben considerar enfoques integrales que contribuyan a limitar el encadenamiento de diversas privaciones a edades tempranas, en especial en materia nutricional, de salud y de estimulación cognitiva, además del trabajo infantil, con el fin de evitar que estas, además de vulnerar los derechos de niños, niñas y adolescentes, generen mayores brechas de bienestar en otras etapas de la vida”, dice el informe.

Juventud

En esta etapa, según el informe, las desigualdades sociales pueden ensancharse o reducirse. Se espera que los jóvenes terminen sus estudios, inicien una trayectoria laboral y formen una familia, aunque en Latinoamérica, con frecuencia, estos pasos no se dan de esa manera.

Uno de los desafíos para los jóvenes de la región es el paso de la educación al trabajo, que puede tardar, en promedio, de 5 a 7 años e inclusive más para las mujeres. La transición se ve obstaculizada por la dificultad de finalizar el proceso educativo y adquirir habilidades necesarias para el mercado laboral.  Las tasas de graduación son bajas y las de deserción escolar, altas.

“Un grupo que genera especial preocupación no solo en América Latina y el Caribe, sino en todo el mundo, son los jóvenes que no estudian y no están ocupados en el mercado de trabajo. Es un grupo altamente estigmatizado y, si bien en el imaginario social su rostro es masculino y se asocia con situaciones de vagancia y delincuencia, los datos regionales demuestran que las mujeres jóvenes son las más afectadas por esta situación”, dice el informe.

Cuando los jóvenes se integran al mercado laboral lo hacen en trabajos precarios e inestables y sin protección social. Los desafíos a la hora de integrar laboralmente a los jóvenes, no solo tienen efectos en ellos y sus familias; desaprovechar sus capacidades también significa una pérdida de productividad para la sociedad. Aunque actualmente los jóvenes tienen mayor nivel de educación, la baja calidad de esa educación genera fallas entre sus habilidades y conocimientos y las que exige el mercado laboral.

Para enfrentar estos desafíos, apoyar la transición de la educación al empleo y satisfacer y orientar la demanda de trabajo, las políticas e instituciones del mercado laboral cumplen un papel importante. “Del lado de la demanda, algunos mecanismos incluyen la creación directa de empleos, subsidios a las empresas destinados a la creación de empleo para jóvenes u otros incentivos para su contratación”, dice el documento.

En cuanto a la oferta, se destacan los programas de nivelación de escolaridad, formación de competencias y capacitación. “Otros instrumentos incentivan la formalización del empleo juvenil y promueven el emprendimiento entre los jóvenes. Finalmente, los mecanismos de protección social y los servicios de cuidado se tornan especialmente relevantes durante esta etapa, cuya dificultad no es solo conciliar la escuela y el trabajo, sino también las responsabilidades familiares y el trabajo doméstico no remunerado”, según el informe.

La maternidad adolescente también ilustra “el encadenamiento de las desigualdades a lo largo de la vida y a través de las generaciones, así como su entrecruzamiento con otras desigualdades sociales”. Aunque la fecundidad en América Latina y el Caribe ha disminuido, sigue siendo elevada entre las adolescentes.

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