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El diálogo, clave en la familia rural

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En los diferentes contextos rurales colombianos, las familias dialogan con cierta frecuencia, lo hacen de diferentes maneras para estrechar sus vínculos, resolver dificultades o aportar a la educación de sus miembros. En esta zona del país la tradición del diálogo se mantiene.

Este fue uno de los resultados del estudio ‘La familia rural y sus formas de diálogo en la construcción de paz en Colombia’, realizado por investigadores de la Universidad de La Salle en once departamentos del país (presencialmente en Valle del Cauca, Casanare, Huila y Cundinamarca) con 57 adultos. Su objetivo fue caracterizar las formas de diálogo de las familias rurales, para saber qué implicaciones tienen en los propósitos de una pedagogía para la paz.

Los resultados dicen que aunque la tradición milenaria del diálogo se mantiene ha cambiado las formas de hacerlo. Las familias entrevistadas incorporan en sus diálogos el regaño, el consejo y la pregunta, llevando a que existan diferentes concepciones del diálogo; por ejemplo: dialogar es conversar, es regañar, es preguntar…, pero prevalecen dos conceptos: el diálogo como forma de comunicación y como forma de resolución de conflictos.

Las familias tienen saberes muy particulares sobre el diálogo, reconocen su importancia y sus formas de realización, aunque también reconocen que no lo practican tal como lo comprenden. No dialogan con frecuencia por las distancias o las responsabilidades laborales y escolares, pero sí buscan espacios de conversación familiar.

“Las concepciones de diálogo de las familias rurales indican que es necesario repensarlo como una interacción equitativa, reflexiva y problematizadora; no solo como la acción de hablar con otro o de lograr un encuentro de voces, sino como la relación deliberada entre personas desde el mutuo reconocimiento de la alteridad. En este sentido, es necesario pensar cómo lograr un ‘estar disponible’ o dispuesto a ceder, a escuchar, a cambiar, a confiar y a descubrir modos inimaginables para que las personas se comuniquen y se acepten”, dice el estudio.

Según la investigación, son necesarios proyectos dirigidos a fortalecer el espíritu de diálogo como un acontecimiento de vida, un lugar de sentido y un modo de relación intersubjetiva.

La familia, la comunidad y la sociedad están llamadas a educar en el diálogo abierto o público y cerrado o privado. “Los organismos públicos y privados, nacionales e internacionales, están llamados a reconocer a la familia rural como participante activo en los escenarios de diálogo social, político, económico, etc.”, dice el estudio.

Otros hallazgos

Familias rurales y urbanas

En nuestro país es usual que los pobladores de las zonas rurales sean calificados con menosprecio, subestimación y subvaloración, muchas veces por sus condiciones de pobreza, sus modos de comer y de vestir, que son diferentes a los de las zonas urbanas. A sus modos de hablar, que recuperan formas auténticas de la oralidad e, incluso, por su manera de ver la vida, donde no hay más afán que el día a día. Ellos saben cómo son vistos por la gente de la ciudad.

Por otra parte, las familias rurales participantes en esta investigación consideran que las familias urbanas poco dialogan por sus compromisos laborales y por la “agitada vida que hay en la ciudad”.

Códigos lingüísticos

Por el contexto de conflicto armado del país se han generado mecanismos de protección, de cuidado del otro, de lealtad y códigos lingüísticos, unos para usar dentro de la casa y otros fuera. Por los diálogos que se han dado en familia alrededor de la paz, se han tomado posiciones dentro de la comunidad rural, ya sea a favor o en contra de la estrategia gubernamental para negociar el “conflicto”.

La migración a la ciudad

En una de las entrevistas grupales, la soledad era mencionada en forma de broma, en otros es recibida con decoro y entendida como fuente de tranquilidad, por lo que algunos adultos deciden ir a vivir al campo con algún familiar. Otros ven cómo sus hijos y nietos van migrando a la ciudad. Los encuentros familiares son los fines de semana y se comunican durante la semana por teléfono.

“Aunque en ninguno de estos casos se manifestó dolor o angustia respecto a esta vivencia en soledad, es posible pensar que este será un fenómeno cada vez más constatable que requerirá medidas estatales especiales”, dice el estudio.

La paz

En los entrevistados se evidenció interés por saber sobre los diálogos de paz de La Habana, así como también se manifestó la importancia de las dinámicas pacíficas desde el hogar: “la paz comienza en casa”.

Persistió un llamado para que haya un cambio de moral en los dirigentes y cumplan sus compromisos: “No habrá paz mientras haya injusticia, violaciones, corrupción y atropello al pueblo, mientras no haya una verdadera democracia”, “un país con hambre y sin educación nunca va a tener paz”.

“En resumen, en las diversas comunidades hay conciencia de que construir la paz es uno de los objetivos centrales de toda sociedad en transición, en la búsqueda de cambios sustanciales en sus precarias condiciones de vida. Se asume que la responsabilidad de construir la paz no se limita al orden gubernamental, sino a cada uno de los habitantes del país”.

Una conclusión

“Acercarse a las formas de diálogo de familias rurales en diferentes zonas del país dejó ver lo valioso de reconocer las concepciones que tienen sobre sí mismas, las características de sus diálogos, el contexto y la dinámica en la que viven, los valores que promueven para la convivencia y su proyección social. Esta investigación ha dejado ver que a partir de tal reconocimiento es como han de diseñarse y ponerse en marcha las políticas. El mismo gobierno, regional o nacional, no puede pretender desconocer las percepciones, la experiencia y la cosmovisión de estos grupos, ni tampoco su participación en la construcción de las políticas”, señala el estudio.

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